Villancico Campesino – El Pueblo Canta

Pa estas fiestas nada mejor que la carranga pa celebrar. Dale Click

30 años de EL GUANE DE ORO

Hacer un festival o concurso de música es sumamente fácil, basta con conseguir el dinero para una buena premiación, para pagar jurados, para contratar tarima, sonido, luces, carpas y baños, para pagar permisos, para pagar impuestos, para pagar sauco y cilantro, para reconocerle algo de transporte a los artistas que no ganen, para pagar hospedajes, comidas y refrigerios, para mandar a hacer trofeos, para imprimir afiches y volantes, para pagar publicidad y para gastos varios que resultan siendo muchos los varios. Una vez se consigue fácilmente el dinero viene la otra etapa, convocar colaboradores, músicos, público y medios así: colaboradores, llamar a todos los amigos cercanos y no tan cercanos y que después de preguntar cuánto dinero hay digan “fresco, no importa, yo le ayudo”… o “llámeme la otra semana a ver qué podemos hacer”; músicos, llamar a todos los amables colegas, contarles y escuchar el porqué no pueden asistir o el “vamos a ver si no tenemos nada para ese día”, la comparación con otros eventos, las exigencias, los insultos a quien quiera que vaya a ser el jurado, y los otros cien problemas que suelen poner; medios de comunicación, llamar a los emisoras, canales, periódicos, demás y darse cuenta que hasta la más tradicional emisora comunitaria te cobra cien mil pesitos por cinco minutos de entrevista, o que la nota en el periódico cuesta un millón y en t.v. 3 millones; paralelo a esto está el gestionar permisos, buscar patrocinadores si el tipo de evento lo permite, recordar que había un grupo de apoyo y recordar que esos grupos nunca funcionan o en el mejor de los casos escuchar de sus integrantes “yo como que no voy a poder”; por último, el público, el más fácil de convocar pero el que siempre nos trae más incertidumbre, “¿si vendrá gente?”.
Luego de varias semanas sin dormir bien, sin comer, pegado del celular y corriendo de un lado para el otro, llega el día del evento; la tarima está dispuesta desde la noche anterior y el hotel y el restaurante preparados; los músicos van llegando con una sonrisa de oreja a oreja, con sus abrazos fuertes y cálidos y con un colegaje a flor de piel que dan ganas de llorar de la emoción al ver a un “gremio” tan unido, comprensible y colaborador; la reunión previa es absolutamente normal, armónica y feliz, todos están de acuerdo con todo y confían plenamente en los colegas que harán de jurados.
Comienza el festival, el público está feliz, los músicos completamente confiados en su triunfo, los organizadores que aún quedan, sudorosos supervisan que todo esté saliendo según el plan, el alcohol infunde más felicidad a todos y sobre todo más confianza a los músicos, y todo es felicidad y armonía.
Llega la hora del veredicto final, todos escuchan atentos y sea cual sea el resultado todos descubren que el organizador tenía todo arreglado, que el jurado estaba comprado, que el concurso es el peor organizado de la historia, que el ganador es el de menos nivel, y más cosas por el estilo, es ahí cuando se deshacen en amables elogios hacia jurados y organizadores: “usted es un triple hp y cuídese cuando se baje de esta tarima”, “tome, a mi no me interesa este tercer lugar se lo puede meter por…”, “ladrones, hacerlo venir a uno desde tan lejos para esta farsa”, o la clásica “perdóneme pero usted es un hp”, no falta el que dice en un tono muy pulido “usted no sabe quién soy yo” o “los voy a demandar manada de …”, esas y más expresiones con la misma amabilidad de las horas de la mañana. Eso, sin contar la despachada que se pegan sin ningún tipo de escrúpulos ni precaución legal en redes sociales.
Aún así, y no porque sea un negocio, que no lo es, hay líderes que no dan su brazo a torcer e insisten en tener espectáculos de calidad. A falta de una industria cultural carranguera sostenible, los concursos son los únicos que jalonan un buen nivel musical dentro de la carranga. Gracias a esos empecinados e incondicionales amigos de las músicas campesinas es que año tras año, mes a mes, la región se llena de concursos y festivales.
Es el caso claro de EL GUANE DE ORO, esfuerzos sobre humanos, gestiones interminables, humillaciones, maltratos verbales y a veces casi que hasta físicos, desagradecimientos permanentes y ahí siguen batallando y creciendo. Treinta años de sufrimientos y alegrías porque son muchas más las satisfacciones de los corazones agradecidos que las heridas causadas por los insensatos.
Desde la Fundación Corazón Carranguero nuestro más sincero reconocimiento a Javier Sanabria, a Timoleón Rueda y a todo su equipo de trabajo.
¡GRACIAS POR SER TAN TERCOS Y SALUD POR ESOS TREINTA!

Fotografías compartidas por Javier Sanabria.

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